Avándaro: efímero acto libertario

– Hace 45 años, quimera de 72 horas sin clases sociales
– “¡Queremos el poder!” grito de 250 mil jóvenes en el Festival de Rock y Ruedas

Por Jesús Yáñez Orozco

Ciudad de México, 13 de Septiembre (JESÚS YÁÑEZ / VIBRACIONES CAPITAL / CIRCULO DIGITAL).-Hace 45 años el Festival de Avándaro fue un acto libertario de una juventud herida por el poder del PRI-Gobierno, encabezado por el presidente Luis Echeverría Alvarez, y su mano de hierro enguantada en seda pura.

En sus crónicas, los medios de comunicación habrían de satanizar el llamado concierto de Rock y Ruedas.
Las versiones periodísticas, en su afán amarillista, describieron que neblina matinal era el humo los cigarrillos de mariguana que consumían los asistentes. Había fotos en los diarios que inducían a creer la versión.
“Apátridas”, hubo quienes nos llamaron.
La bandera nacional, metro y medio de largo por un metro de ancho –con el águila sobre un nopal devorando a una serpiente, sustituida por una hoja de mariguana– que ondeaba, enhiesta, era reflejo de la crítica al presidencialismo, de lo que años más tarde se conocería como la Dictadura Perfecta.
Era un acto contestatario, rebeldía contenida.
Sin querer, durante casi 72 horas, hicimos realidad una quimera: no hubo clases sociales. Nadie era proletario ni burgués. Mezclilla era nuestro símbolo de pertenencia, orgullo.
Estaba fresco todavía el recuerdo del triunfo de la revolución cubana, en 1959, encabezada por barbones y melenudos, de la que abrevábamos casi todos. Fue un verdadero ejercicio democrático, al que temía el PRI. Nuestra palabra valía.
Hacíamos lo que nuestra conciencia dictaba.
Sin afectar a nadie.
Era yo un mozuelo, 17 años de edad. Durante dos días –11 y 12 de septiembre de 1971—“quemé las patas al chamuco” —como se conoce a la fecha a quienes consumen mota–, bajo el signo de “Peace and Love” –amor y paz–, antítesis de la no violencia y la antidemocracia, de finales de los 60s y principios de los 70s, hecho con los dedos medio e índice.
También representaba la “V” de a victoria.
Fuimos alrededor de 250 mil jóvenes –cuando se tenían considerados 10 mil– concentrados en aquel paradisiaco lugar: Valle de Bravo, Estado de México –casi cinco horas de carretera desde el Distrito Federal– gobernado por el profesor Carlos Hank González, célebre –entre otras cosas– por su frase aquella: “un político pobre, es un pobre político”.
Íbamos, inconscientemente, con la rabia contenida. Ansiábamos una catarsis, individual y colectiva, que duró tres días, en realidad. Comenzó el viernes, alrededor de mediodía, y finalizó la mañana del domingo siguiente, el 13.
Esa experiencia se convirtió en huella indeleble en el corazón y pensamiento de la llamada “generación Avándaro”.
Y se convirtió en un pellizco en la entraña de la sociedad conservadora.
Y en sus primeras planas y espacios informativos se aseguraba que había sido una “orgía de drogas sexo y rock and roll”.
Nada más alejado de la realidad.
Atrás habían quedado la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco 1968, y el Jueves de Corpus, a un lado de la Normal Superior de Maestros, el 10 de junio de 1971, conocido también como Halconazo –represión estudiantil por grupos paramilitares.
Pero esas heridas todavía supuran. Parece que los jóvenes son una plaga a la que hay que exterminar.
Y otros sucesos sangrientos cubren el cuerpo social como mortaja: Tlatlaya, Estado de México, donde 22 jóvenes –dos de ellos adolescentes—presuntos delincuentes, fueron masacrados extrajudicialmente por el heroico Ejército Mexicano, y la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Aprendimos que la libertad de expresión se sofocaba con balas, tortura, desapariciones.
Como a la fecha.
Violentar a los jóvenes, desde 1968, es la principal característica desde los llamados poderes fácticos, televisión sobre todo.
Y atrás, también habían quedado los festivales de Monterey y el memorable Woodstock, en Estados Unidos. Que, curioso, con el de Avándaro, fueron los únicos celebrados en espacios abiertos en el Continente Americano. Otra coincidencia: duraron el mismo tiempo: tres días.
No hubo más.
A la fecha se realizan, por lo general, en estadios.
Por algo, Avándaro es llamado, hasta la fecha, “el Woodstock mexicano”.
Fuimos, simbólicamente, en aquél septiembre veraniego, ratones guiados por la flauta de un virtual Hamelín roquero –con la mano negra de la Dinastía Azcárraga.
Caminamos cerca de 30 kilómetros, de Valle de Bravo al lugar del concierto. El acceso costaba 25 pesos.
Compramos los boletos en una sucursal de la desaparecida automotriz Chrysler Automex, ubicada en Ejército Nacional, en Polanco, cerca de mi barrio, la colonia Pensil, y el patrocinio de Coca Cola, Pepsi-Cola, Fanta y la cervecería Corona . La convocatoria venía desde las pantallas de Telesistema Mexicano –ahora Televisa– propiedad de la Dinastía Azcárraga, vía Eduardo López Negrete, Luis de Llano Macedo, Justino Compeán, quienes eran los “organizadores”, y Carlos Alazraki como jefe de cámaras.
También grabaron todo el concierto, pero no tienen, siquiera, un minuto de la filmación. Nadie sabe dónde se encuentran las más de 48 horas de grabación. Incluso, el fallecido Zabludovski, titular del noticiero 24 Horas, negó transmitir las imágenes. Sólo hay escenas aisladas que se pueden observar en YouTube. Hubo una versión que la televisora las tenía enlatadas en una bodega en Tijuana. Hay quienes creen que están más lejos, en Inglaterra.
Antes del vía crucis que representó el viaje del Distrito Federal a Avándaro, acudimos al Campo Militar Número Uno, en los límites con el Estado de México, como solíamos hacerlo regularmente. Ahí los soldados, vestidos de verde olivo, vendían los carrujos de grifa, envueltos en papel periódico –Esto, Ovaciones, La Prensa, Excélsior, El Universal– a 10 y 20 pesos, según el tamaño. Siempre, la compra venta, se realizaba a través de una malla ciclónica. Expendían la mota, sin rubor alguno, los “sardos” o “sardinas”, llamados así de manera despectiva. Más después de la masacre del 68’.
La idea de llevar el Festival fuera de la ciudad de México era por el temor que tenía el PRI-Gobierno que los jóvenes, embrutecidos por las drogas y el alcohol, osaran tomar Palacio Nacional.
Esta versión suena descabellada.
Pero tiene sentido, si tomamos en cuenta que había un antecedente digno de crédito. Durante el Mundial 1970, la Selección Mexicana, como país anfitrión, tenía de sede el Estadio Azteca, para 120 mil aficionados.
Y, en un aparente sinsentido, el comité organizador del torneo, encabezado por Guillermo Cañedo de la Bárcena, brazo derecho de la dinastía Azcárraga –ex presidente del América en la década de 1960, y presidente de la Femexfut durante esa década– anunció que el juego contra Italia, por el pase a cuartos de finales, se iría al estadio de la “Bombonera” de Toluca, con un aforo para 30 mil aficionados.
El argumento extraoficial confirmaba ese miedo: que, enardecidos por la posible derrota, los asistentes al Azteca, asaltaran la sede donde despachaba el Presidente de la República.
Sucedió lo impensable: el portero Ignacio Calderón recibió 4 coles, ante la Scuadra Azzurra, y sus compañeros anotaron sólo uno.
El sentimiento popular era que si el encuentro se hubiera disputado en el Coloso de Santa Úrsula, era amplia la posibilidad de victoria y soñar el título mundialista.

El Viaje

Los preparativos para la roquera aventura comenzaron desde el jueves por la tarde. La idea era llegar la mañana del viernes, por la mañana, para alcanzar un buen lugar.
Me calcé mis botas de marchar –pues había adelantado mi Servicio Militar, que se realizaba, como a la fecha, a los 18 años—me enfundé el pantalón de mezclilla –-“almidonado” con Coca Cola–, playera negra y el símbolo de amor y paz en el pecho, y chamarra verde olivo, adquirida en cuatro dólares – 12.50 al cambio de entonces– en los saldos en Brownsville, Texas, frontera con México, con la leyenda “US. ARMY” a la altura del corazón. Imaginaba que había pertenecido a algún combatiente en Vietnam.
Esa prenda era otro indicador de que, quien la portaba, consumía mariguana. Como quien usaba mezclilla. Y eso daba status entre los jóvenes.
Era un lenguaje no hablado.
Coincidimos una decena de amigos del barrio en la estación de los camiones México-Toluca, a la altura de la calle de Sullivan. En nuestras mochilas, en bolsas de plástico, llevábamos dotaciones de arroz y latas de atún para los dos días del concierto. Consumimos todo un suspiro.
Abordamos el camión con la idea de trasbordar en Toluca y viajar directo a Valle de Bravo. De ahí, a pie, a Avándaro. Varios nos sentamos en la última hilera, junto a un grupo de monjas, con ropas talares, y escapulario acorazándoles pecho y espalda.
Todo era jolgorio y cantos ante la mirada reprobatoria de las religiosas. Viajábamos a la altura de La Marquesa cuando al Pocholo, el más “macizo” –que sí era adicto a la grifa, pues siempre la consumí de forma recreativa— se le ocurrió sacar la hierba vaciladora de su mochila, envuelta en papel periódico. Comenzó el rito de la “espulgada” –-quitarle varitas y coquitos, que impiden su consumo.
Alió el churro de unos 10 centímetros con la droga, en papel de estraza como sábana. De alguna manera nos las arreglamos, entre los asientos, para hacer una especie de círculo y comenzamos a consumirla, con el clásico “tanque lleno y rol” –darle tres inhaladas profundas, aguantando el humo lo más posible, hasta sentir que los pulmones reventaban y pasarlo al compañero.
El inconfundible olor a petate quemado invadió el interior del camión, pese a que abrimos las ventanas traseras, que hizo que las monjas pegaran el grito en el cielo.
La mayoría jóvenes, salvo una a quien decían “madre”, nerviosas, comenzaron sus plegarias con el rosario con cuentas de madera entre sus manos. Parecían estar ante el mismo demonio, bajando vírgenes y santos celestiales, para exorcizarnos, aunque sus plegarias nos arrullaron.
“Amén”, se escuchaba de sus labios como en un susurro apagado por el humo de la mariguana.
Hora y media después, todavía con los efectos de cannabis, llegamos a la estación de autobuses en Toluca, que se encontraba desierta. Era como las 9 de la noche.
Pasaban las horas. El gobierno había incumplido su promesa de habilitar camiones para el traslado a Avándaro. Algunos tendieron sus bolsas para dormir sobre el piso. Aunque nadie logró conciliar el sueño. A eso de la una de la mañana alguien alertó que un vetusto, fantasmal, camión de pasajeros ingresaba a los andenes. Todos corrimos y lo tomamos por asalto por donde pudimos, puertas y ventanillas.
Hubo quienes, desafiando el frío, viajaron en la parte alta, en el portabultos. Éramos unos 60.
Urgía llegar.
No importaba cómo.
Íbamos con la ilusión de ver y escuchar a una veintena de grupos de rock, los más importantes del país.
En el interior parecíamos sardinas enlatadas, con rostros bañados de ilusión. Afuera olía a eucalipto y tierra mojada por la intermitente lluvia. Arreciaba el frío. Para soportar las tres tediosas horas de trayecto había quienes intercambiaban tequila, chelas, o ron, por mariguana y viceversa. Era una pequeña muestra de solidaridad y hermandad. Igual sucedería durante el festival.
En las inclinadas pendientes serranas, por la sobrecarga, el viejo camión tosía, asmático. A veces iba a vuelta de rueda. Perro nunca se dio por vencido. A mitad del camino, intempestivamente, el chofer se detuvo.
Había caído uno de los muchachos que viajaba en el portabultos. Se congeló y cayó en una subida, cuando el vehículo tomaba una curva a 25 kilómetros por hora. Su peso fue amortiguado por le espesa y crecida hierba.
Alguien pidió alcohol para curar sus heridas en la cara.
“¡Traigo Resistol del cinco mil para que lo peguen”, ironizo una voz perdida, a grito pelón, inhaladora de cemento, que desató la risa generalizada.

“¡Queremos el poder!” y la encuerada

Una vez en Valle de Bravo, caminamos los 30 kilómetros rumbo al campo de Golf de Avándaro en cuyas cercanías se celebraría el festival.
Al fin llegamos frente al proscenio. Comenzaba a clarear. El sol se miraba como una enorme pelota rojiza entre las verdes montañas, y, en la pachequez, daban ganas de bajarlo y jugar cascarita con él.
El alcalde de Valle de Bravo, Juan Montes de Oca Loza, había acordado, con los organizadores, que no se venderían licores. La cerveza sería expendida solamente acompañada con comida y se instalarían retretes movibles, que fueron insuficientes.
Aunque la gran mayoría iban prevenidos con botellas de licor.
Era viernes ya y nos preparábamos para el festín roquero. Se habían anunciado una veintena de grupos. Cada uno tocaría cuatro rolas. 80 canciones en total. La nuestra era la `casa de campaña´ más grande de todas. Habíamos improvisado, para ese efecto, un paracaídas de las fuerzas armadas. Cupimos más de 40 personas en su interior. Incluso, en la portada del número alusivo al festival, de la revista México Canta, apareció en la portada. Sólo se distingue nuestro amigo Luis Dávila Campos, ya fallecido, 1.95 de estatura.
No sirvió de mucho porque el nylon del que estaba hecho filtraba una tenue lloviznita. A las 8 de la noche comenzó el festival.
Hubo tres momentos, los más álgidos del concierto. Cuando el grupo Peace and Love, el más popular entre los estudiantes de la ciudad de México, cantaba “we get the power” –“queremos el poder”—y todos los presentes coreaban.
Enchinaba la piel.
Uno de los miembros del grupo arengaba por el micrófono:
“¡Chingue a su madre el que no cante!”
Y arreciaba, ensordecedora, la voz colectiva:
“¡We get the power!”
Y luego la canción de “mmaaaaari…maaaarihuaha… maaaaari…maaaariguana”, acompañada por toda la raza como una sola voz.
avandaro-rock1El tercero mientras tocaba el grupo el Ritual. A un costado del escenario, seis metros de altura, sobre el camión donde se encontraba la planta de luz que surtía de energía una chava comenzó, cadenciosa, sensual, a hacer streap tease. Todos quedamos pasmados, boquiabiertos. Poco a poco se desprendió de sus prendas. La camiseta blanca de algodón la lanzó a los espectadores que la miraban como una diosa a sus pies. Era de madrugada.
Coincidió que tenía entre mis manos prismáticos, de esos que se usan el los teatros, que me había prestado un amigo y quien se había quedado dormido, vencido por el cansancio.
Quedé patidifuso cuando, a través los dos diminutos lentes de aumento, llegaba nítida, su imagen. Desnuda del torso, en su pecho aparecieron dos pequeñas lunas llenas con dos diminutas estrellas apagadas, enhiestas, en el centro.
Algunos gritaban “pelos… pelos… pelos”, pero la llamada Encuerada de Avándaro, no se quitó las bragas.
Uno de los músicos del grupo le dio una playera blanca y la joven se volvió a vestir.
La chica descendió. Nadie la molestó. No se supo de ella.
De ahí no pasó.
Fue un tenue reflejó del “amor y paz” que caracterizó el festival.
Uno de los momentos que sí causó angustia e incertidumbre fue cuando, durante el primer día del concierto, en varias ocasiones, sobrevoló un helicóptero sobre nuestras cabezas. Algunos le hicieron señas obscenas. Muchos recordábamos que la masacre estudiantil del 2 de octubre, en Tlatelolco, ocurrió inmediatamente después de que, desde una de esas aeronaves, fue lanzada una luz de bengala. Entonces aparecieron las armas y tanquetas del Ejército Mexicano que vomitaron muerte y dolor.
Sin hechos qué lamentar terminó el concierto.
El regreso fue otro vía crucis. El gobierno de Echeverría había prometido camiones para el regreso al Distrito Federal. Nunca los vimos. Caminamos entre brechas y veredas como 30 kilómetros. A un grupo, al que me sumé, el chofer de una camioneta de redilas –de dos toneladas– nos dio un aventón a una carretera cercana. En esa intersección abordamos el camión a Toluca y de ahí al Distrito Federal.
De nuevo en el camión México-Toluca también viajaban unas monjas. En total hicimos 15 horas de regreso.
En la esquina de la calle donde vivía, Lago Cupatitzio, esperaban preocupados mis padres. Con el Jesús en la boca, quedaron estupefactos cuando me miraron. Cuatro días sin bañarme. Maloliente y sucio. Peor que pordiosero. Tuve que despojarme de la rota antes de cruza la puerta de departamento que habitábamos. Cuando quedé en ropa interior, para meterme al baño, mientras mi padre movía negativamente la cabeza, miré que la suela de las botas de marchar era delgada, como una hoja de papel y se había descocido de tanto caminar. Chacualeaban.
Al día siguiente la prensa censuró el festival. La mayoría coincidía en sus titulares: “Música, sexo, drogas y alcohol”.
El festival, también supimos después, dejó de transmitirse por radio cuando uno de los músicos lanzó una mentada por el micrófono. Aquello de: “chingue a su madre el que no cante”, cuando se entonábamos “¡queremos el poder!”.
La Secretaría de Gobernación, que ejercía un control, demencial, recurrió a la censura. Era impensable que el PRI-Gobierno permitiera que una leperada lastimara los virginales oídos de los mexicanos.
Incluso, durante casi dos décadas, fueron cerrados los lugares donde se tocaba rock –hoyos fonky, se llamaban– en la ciudad de México.
El reporte del médico encargado de la carpa, habilitada como hospital durante el Festival de Avándaro, se conoció después, fue:
“Un caso de apendicitis, 20 intoxicados con pastillas, 50 con marihuana, cinco con congestión alcohólica, cinco con gastroenteritis y algunos descalabrados, con fractura de tobillo y quemados leves”.
“¡Queremos el poder!”

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