Felipe Muñoz Kapamáz, medallista de oro olímpico en natación

–Ganó presea de oro en México 68’ con el corazón roto

–Sus padres, divorciados, hacían que llorara en la alberca

–Desea que en su lápida el epitafio diga: Aquí yace El Tibio

Tirarle al Sol, sus memorias, a 50 años de su hazaña

 

CIUDAD DE MÉXICO (Jesús Yáñez Orozco /BALÓN CUADRADO/CÍRCULO DIGITAL), 28 de febrero.- Aquél fugaz momento –148 segundos–  del 22 de octubre de 1968 habría de cambiar su vida para siempre. Casi un suspiro en su existencia que se ha repetido en su memoria miles de veces a lo largo de casi 50 años. E hizo de él, aún adolescente, un referente del deporte mexicano.

“Alucinaba”, confiesa, que ganaría una medalla olímpica desde tiempo atrás.  Sabía, dice ufano, que lo logaría, pese a que muchos pensaban que estaba loco, su familia incluso.

“Le di al sol”, resume el sacrificio y privaciones que lo llevaron al triunfo.

Nadie sabía que era un joven roto a sus 17 años de edad. Formaba parte de una familia disfuncional, como se llama ahora. Sus padres recién se habían divorciado. Se sentía quebrado. Llanto de dolor moral, provocado por la ruptura, hacía que derramara lágrimas en las albercas.

Sin embargo, aquél día se troncó en lloro de triunfo y emoción indescriptible, tras su olímpico triunfo, que se deslizaba por sus mejillas juveniles.

Por eso, casi cinco décadas años después –a los 67 años cumplidos el pasado 3 de febrero– tuvo necesidad de convertir su hazaña en palabra de tinta y papel: libro.

Forma de exorcizar sus demonios y colocar en un altar sus dioses.

Ese día era especial: final de los 200 metros pecho de natación de la olimpiada México 68’. El pueblo expectante de lo que sucedía en la alberca olímpica. Sobre todo porque él no era favorito. A pesar de haber obtenido el mejor tiempo en las series de clasificación. Faltaban 25 metros de distancia.

Desconocía que se había convertido en un paciente cazador que iba tras su presa, por instrucción de su entrenador, el estadounidense. Ronald Johnson.

Tenía que nadar más rápido la segunda parte que la primera. Johnson decía que si estaba tranquilo, que si no se quería comer al mundo en los primeros 50 metros, podía ganar los 200 metros. Así lo hizo.

 

Vivía el mejor día de su vida deportiva.

 

Termina la prueba. Cierre delirante. Griterío generalizado. La transmisión por televisión se miraba en los hogares de todos México.  Hizo un tiempo de 2 minutos 28 segundos y 7 centésimas de segundo y comenzó otra historia. Al final de la competencia, El Tibio había vencido al favorito, el soviético Vladimir Kosinsky, campeón del mundo.

Había cazado su presa.

Emocionado, luego de que mira el tablero que señala que ha ganado, se azota, festivo, como pez, más bien tiburón, en el agua.

Durante la ceremonia de premiación, mientras escucha, el himno nacional y la bandera es izada, enjugándose las lágrimas, en lo alto del podio, con la medalla de oro colgada a pecho, parece que vive un sueño en su rostro infantil.

Muñoz se convertía, así, en el primer y único nadador mexicano en ganar una medalla de oro olímpica en natación.

Después del acto de premiación, es cargado en hombros por un puñado de mexicanos emocionados, alrededor de la alberca, como torero tras cortar rabo y oreja en la plaza.

El hecho, impensable, cimbra al país. Su fotografía aparece en portadas de todos los diarios de circulación nacional y televisión, hasta hacerse histórica.

Había nacido un ídolo.

A casi medio siglo de distancia –el antes, durante y después–, ese imborrable momento es plasmado en 190 páginas en el libro Tirarle al Sol, editado por la Organización Editorial Mexicana. Muñoz Kapamáz lo presentó, en el auditorio de la facultad de Ingeniería de la Universidad Anáhuac, campus norte, ciudad de México, ante cerca de 100 personas, alumnos, invitados y reporteros.

 

El título de libro, metáfora acuática, aborda cómo puede uno alcanzar un sueño largamente acariciado en noches insomnes a tan corta edad. Viste pantalón negro, saco gris, camisa blanca y corbata roja. Calza zapatos oscuros. A los 67 años de edad vive y vibra como si acabara de ganar la presea áurea.

 

Resume, embargado por la emoción, anécdotas de sus padres, con el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, de la masacre del 2 de octubre de 1968 –10 días antes de comenzar los juegos— que él ordenó, cómo se preparó México para organizar los juegos, qué soñaba a los 11 años, y la forma en que ganó.

El apodo Felipe Muñoz nació porque no gustaba entrenar en albercas con agua fría ni caliente. Y en broma y en serio, porque es el apelativo que lo llevó a la fama, desea que su epitafio se resuma en cuatro palabras:

 

“Aquí yace El Tibio”.

 

El auditorio escucha embelesado. Los 70 minutos de charla Muñoz Kapamáz tiene el libro entre sus manos, asido, con amorosa ternura. Como si fuera un recién nacido.

 

Hay un pátina  de dolor en el tono festivo de su narrativa: cuando sus padres, Felipe y Areti –ambos recién fallecidos– se separaron, poco antes de los juegos. Quería que nadie se diera cuenta del pesar que lo embargaba.

 

Por eso se refugiaba en las albercas de entrenamiento. Lloraba durante las extenuantes jornadas de práctica, dos veces al día, mañana y tarde, seis horas diarias en promedio. Trataba de atemperar los angelicales demonios que traía en el corazón y el pensamiento.

 

Así, cuando salía con los ojos enrojecidos, todos pensaban que era por el cloro del agua. Era el único lugar donde no se notaba su llanto.

 

Disfrazaba, paradoja, en el agua, su quebranto amoroso, filial.

 

Cuando comentaba a su madre, antes de los juegos, que estaba convencido que ganaría una impensable medalla olímpica, que anhelaba ser campeón, era consolado con voz amorosa, condescendiente, cantarina:

 

“Ándele mijo, claro que sí”.

 

Y recibía un beso de conmiseración en la frente.

 

Cuando ganó la medalla, Areti trataba de atemperar sus ímpetus juveniles, de ídolo nacional, por el temor a que perdiera la dimensión de la realidad.

 

“Me decía: ‘tranquilo. No te quieras comer el mundo. Sí, eres importante, pero no tanto’”.

 

Y Felipe se serenaba.

 

Desde que en 1963 supo que México sería sede de la olimpiada de 1968, estaba convencido que lo representaría en esa justa. Tenía 11 años.

 

Y no sólo él. Muchos de sus compañeros estaban seguros que también participarían en ese torneo. Jugaban a ser campeones olímpicos. Había una especie de magia colectiva.

 

“Todos los jóvenes platicábamos: ‘¿tú, en qué competirás? Atletismo. Y ¿tú? –reviraba el otro–: ’natación’”, rememora El Tibio.

 

“Queríamos tirarle al sol”, enfatiza.

 

Describe los problemas que enfrentaba México para la realización de una competencia de esa envergadura, sobre todo como país en vías de desarrollo. En la prensa se había desatado una campaña mundial en su contra, más cuando lo equiparaban con potencias como Alemania, Estados Unidos o Inglaterra.

 

“¿Habrá camas? Se preguntaban, Porque pensaban que dormíamos en petates y hamacas. Suena a chiste. Pero era verdad”, dice con seriedad.

 

“También se preguntaban si había leche. Tal vez pensaban que las vacas daban tequila”, ironiza.

 

Otro momento barnizado de dolor es cuando el medallista refiere a la charla que sostuvo, tras su triunfo, con el presidente Díaz Ordaz. Estaba fresco la matanza del 2 de octubre de 1968.

 

 

 

Porque, reconoce, “había problemas sociales reales y muy fuertes”.

 

La versión oficial era que no hubo más de una treintena de muertos. Por las versiones periodísticas se supo que fueron más de 200. Esa historia  sangrienta lo marcó, como a muchos mexicanos, pese a su adolescencia o gracias a ella.

 

Lo acompañaba Felipe, su padre. Estaban en uno de los salones de Los Pinos, la residencia oficial. Después de intercambiar algunas palabras, donde el mandatario lo invitaba a que se fijara bien qué iba a hacer el resto de su vida, casi al final, El Tibio soltó, a bocajarro, con juvenil inocencia:

 

“¡Que gacho lo de Tlatelolco!”.

 

Díaz Ordaz se levantó como resorte.

 

Con un ademán de afectiva frialdad lo invitó a que lo acompañara. Frente a un ventanal miraban los amplios jardines.

 

“Estás muy joven para entender”, reflexionó el presidente desde los lentes con aumento, engarzados en una armazón de carey y metal, cabalgando sobre su nariz.

 

Argumentó que era preferible que se “derramara una gota del vaso a que explotara el vaso”.

 

“Prefirió recurrir a eso –represión–, a que se cayera el país. Estábamos muy cerca de eso –riesgo de que el país cayera en manos del comunismo, versión de la prensa oficialista-. Pudo ser mucho más grave. Fue un trago muy difícil”.

 

En la sesión de preguntas y respuestas respondió con una negativa, a un alumno, si se considera el mejor nadador que ha dado México.

 

“Porque el mejor fue Guillermo Echeverría –entonces campeón del mundo, multimedallista panamericano y centroamericano– quien quedó en sexto lugar porque lo vencieron los nervios”, ataja El Tibio. Él, con Rafael Hernández y Luis Ángeles Acosta, dos años mayores, eran los favoritos.

 

“Todos eran más rápidos, pero yo era más consistente. Eso me hizo ganar la medalla de oro al ruso”, reconoce.

 

El deportista, filosofa, pierde más veces que las que gana. Se puede vivir con las derrotas, pero nunca darse por vencido. “Hay que soñar –con la victoria, una medalla, un título—y echarle muchas ganas”, argumenta.

 

“No siempre se logra ser campeón olímpico”, ahonda, “pero si luchar por alcanzarlo. Porque al margen de ser triunfador, el deporte enseña disciplina, esfuerzo, respetar las reglas”.

 

El Tibio, en declaraciones a Balón Cuadrado, dice que, en efecto, ha cumplido con su filosofía de vida: escribir un libro, tener un hijo –es padre de dos varones y una mujer—y plantar un árbol”.

“Y he plantado varios”, dice con una risa que cuelga de sus labios como otra medalla olímpica.

 

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